Bailando el tango a principios de 1900
El abrazo en el tango
El abrazo en el tango
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¡QUE HAYA LUZ, CABALLEROS!
Sarao en la sala de alguna casona porteña de la época. Luces de candelabros, risitas, vinos excelentes, tanta conversación. La orquestita contratada —piano, cuerdas, instrumentínos— arranca una mazurca con tutti. —¿Me permite esta mazurquita? —¡Qué haya luz, caballeros! Y esa pareja que va a diluirse entre otras veinte que dan las vueltas de gran charla, sale a bailar. Como los demás. Como es de uso, vaporosamente enlazada. Pero de repente, la mano derecha del varón, apenas apoyados los dedos en la cintura de ella hasta ahora, desciende. Desciende más: y un poquito más, todavía. Ya se insinúa sobre la nalga firme y asombrada de la niña. Y así prendido y medio escorado, muy contenido, intenta él un desconocido, brillante, audaz y revolucionario paso de mazurca. —¡Afuera con él! —¡Degenerado! —¡Qué se ha creído! ¿Qué pasa? Que los ojos del salón han juzgado esa nalguita manoseada por el muy canalla y no la figura que ha logrado. I


